El Renacimiento y el humanismo

Las artes plásticas durante el Renacimiento y sus principales representantes.

“Este es un siglo de oro que ha visto el nuevo esplendor de las disciplinas liberales casi extinguidas, la gramática, la poesía, la elocuencia, la pintura, la arquitectura, la música, el arte del cantar con la antigua lira de Orfeo. Y todo esto en Florencia” Marsilio Ficino, Carta, I, 12

¿Continuidad o ruptura?

Es posible que el término e incluso el concepto de “Renacimiento” posea un origen religioso, la renovación del hombre, aquel “volver a nacer” al que hace referencia el evangelio de San Juan y San Pablo. En este sentido se conserva durante la Edad Media, pero a partir del siglo XV se emplea la palabra “renascentia” para significar la renovación cultural producida por la vuelta a los orígenes, es decir, a la cultura grecolatina.

Hay dos interpretaciones diferentes respecto al significado del Renacimiento. Burchkardt, acentuará la ruptura y la oposición al mundo medieval, por el contrario, Thode y Burdach, destacar la continuidad entre ambas épocas. Quizá lo más prudente sea no enfatizar fechas que sugieran un corte abrupto sino las novedades que van surgiendo a través de un proceso de transformaciones graduales.

El Humanismo

En el Renacimiento, cambiarán los hábitos en los que se gesta una nueva cultura. Si bien las Universidades siguen siendo importantes, ceden la primacía a las Academias, los colegios universitarios, los colegios comunales y la corte. El nuevo hombre será un cortesano y un humanista.

El humanismo es el fenómeno más notable de la nueva cultura. El término “humanitas” (así como su equivalente griego de “paideia”, significaba para Cicerón y Varrón la educación del hombre como tal. De esta forma, durante el Renacimiento, los studia humanitis sustituyeron el trivium medieval. Los estudios de humanidades comprendían las lenguas clásicas a las que se añade el hebreo y la literatura antigua. Mediante ellas se pretendía educar al hombre en la verdadera humanidad y acercarle el modelo ideal, el del hombre clásico.

El hombre humanista

A diferencia del hombre medieval, el humanista posee un sentido histórico, venera el pasado clásico como una edad de oro, pero es conciente de las distancias que los diferencian de este tiempo al que admiran. La literatura clásica se traduce a través de una paciente labor crítica y el conocimiento se sabe ligado en un armonía (la enciclopedia) siendo el lenguaje el nexo de unión. Todo está en el lenguaje, pero también en la imagen, todo puede ser representado o simbolizado. El humanista valora, por encima de todo, al hombre como ser natural y en la Naturaleza, pero no carece de interés por la religión: su aspiración es la de unificar todas las religiones y para ello rastrerá los orígenes del cristianismo, el misticismo y los profetas de la antigüedad.

Valora la vida activa, ansia la gloria y el poder que se obtiene con la sagacidad (la virtú) y por eso interviene en la política, se convierte en pedagogo, canciller, secretario o historiador de la corte. Pero no por ello desprecia la contemplación y la reflexión. El humanismo es, ante todo, una estética y una búsqueda del placer a través de la sabiduría, la belleza y la trascendencia.

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