El Renacimiento Temprano

Incios del movimiento Renacentista en la pintura y sus principales representantes: Giotto, Uccello, Botticelli y Mantegna.

Giotto Di Bondone (1267-1337)

La obra de Giotto marcó un giro decisivo en la historia de la pintura, la liberó de las normas y las convenciones impuestas por la ya milenaria tradición bizantina para obtener una representación naturales para obtener una narración natural y narrativa de hechos y personajes.

La producción de Giotto comenzó en Asís y en la cual dedicó frescos a San Francisco. En ellos, ilustró episodios de la vida del Santo en ambientes naturales o arquitectónicos muy concretos con grupos de figuras en movimiento. Trataba de expresar no tan solo los hechos sino también las emociones. Para lograr este efecto, el pintor no dudó en disponer las figuras en profundidad, las mostraba no solo de frente o perfil, sino también de espaldas. La gran capacidad comunicativa de Giotto se fue enriqueciendo a lo largo de su carrera. Particularmente importantes son los frescos de los Scrovegni en Padua (1304) y los ciclos pintados en la basílica de la Santa Cruz en Florencia.

Giotto llevó al escenario del arte los profundos sentimientos de las personas y restituyó al individuo una identidad y un papel en la historia. Todas las figuras ocupan un espacio determinado y tienen volumen. Por esa razón, a Giotto se le considera el percusor del Renacimiento.

Paolo Uccello (1397-1475)

Paolo Uccelo fue quizá la gran esperanza frustrada del humanismo florentino, cautivado por la especulación geométrica de la perspectiva prefirió centrarse experimentalmente en aspectos concretos de la imagen y no en el conjunto de la composición: así, los frescos del claustro Verde de Santa María Novella o las tres Batallas pintadas para los Médicis tienen el extraño aspecto de obras a medio camino entre lo antiguo y lo moderno.

Lo curioso de las obras de Uccello es, precisamente que cada uno de los detalles es trabajado con un escrupuloso cuidado de las técnicas de perspectiva, sin embargo, en su totalidad, los conjuntos resultan demasiado irreales o fabulosos más próximos a un episodio de la novela gótica.

Sandro Botticelli (1410-1510)

Sería muy injusto reducir la producción de Botticelli a las obras que realizó para los Médicis en la madurez. En efecto, este artista de larga trayectoria se inició en el corazón del humanismo hasta los albores del manierismo.

Fue alumno de Filipo Lippi y más tarde, colaborador de Verrochio, con quienes ejercitó las variaciones del tema de la virgen con el niño. En 1472 se inscribió en la congregación de pintores florentinos en donde se introdujo en el ambiente de los Médicis. Allí realizó varios retratos de los miembros de la familia, y trabajos de notable importancia como “La adoración de los magos”.

Su notable ciclo de alegorías lo llevaría a la cumbre de la fama tras lo que será llamado para pintar los tres frescos en la Capilla Sextina.

Sin lugar a dudas, la producción mitológica y profana de Botticelli, fue notablemente escandalosa durante los años bajo la influencia de los Savonarola. En efecto, tras la muerte de Lorenzo el Magnífico, los sermones del monje dominico fray Girolamo Savonarola llevaron a Botticelli a una reconsideración radical de su arte en el que se hacen presente temas de perfil religioso como “Descendimiento” y “Natividad Mística”.

La Primavera

“El nacimiento de Venus” y “Palas amansando al centauro” son, junto con “La Primavera” un ciclo de alegorías que se conservan en los Uffizi. Las grandes alegorías profanas pintadas para los Médicis marcaron el punto culminante de la recuperación consciente de los mitos, los valores y las figuras simbólicas de la antigüedad en una civilización humanística en la que la poesía, el arte, el pensamiento y las ganas de vivir se integran armoniosamente.

“La Primavera” es la más compleja de toda esta serie de alegorías: los sutiles velos de las Gracias crean un refinado y seductor juego de transparencias. El artista utilizó aquí las técnicas de la pintura flamenca: ya no utilizaba colores al temple esmaltados sino que, sirviéndose de aceite de lianza como ligante, superponía los velos de color que permitían, a través de un efecto de transparencia, la visibilidad de al tonalidad en las capas inferiores.

El grupo de las tres Gracias, deliciosamente entrelazadas en un paso de baile, es la imagen misma de la serenidad y la concordia. A la izquierda, el dios Mercurio despeja el cielo de nubes con el caduceo. Todas las figuras se alinean sobre un plano único, sin profundidad. Por sobre la figura de Venus vuela el pequeño Cupido dispuesto a disparar las flechas de la pasión. La luminosa figura de Venus, con su gesto sereno, se destaca sobre el verde oscuro de un tupido arbusto, sobre el cielo límpido: esta secuencia de claro-oscuro-claro remite a las primeras obras florentinas de Leonardo Da Vinci.

En el margen derecho, el impetuoso Céfiro persigue a su prometida en la espesura del bosque (el apretado fondo de árboles, divide el espacio y lleva a los personajes hacia el primer término, casi como sucede en los tapices). Al abrazo del viento primaveral, Cloros se transforma en Flora y siembra el mundo de flores. El fantástico prado florido en el suelo, incluye la descripción exacta de ciento cincuenta especies botánicas diferentes. Esto revela en Botticcelli una atención al detalle que rivaliza con las obras de los maestros flamencos, conocidas en Florencia gracias a las grandes obras encargadas por los mercaderes y los emisarios de la banca de los Médicis como los Arnolfini, los Tani y los Portinari.

La celebridad del “La Primavera” se debe en parte a que más allá de la pasión por los contenidos literarios y clásicos, marcó la tendencia del gusto que sería protagonista durante el último cuarto de siglo en Florencia: se substituyeron las investigaciones matemáticas de los pioneros de la perspectiva por una especial atención al dibujo. Botticelli se convirtió en el punto de referencia de la escuela florentina, como confirma su papel de protagonista en la importante realización de los frescos de la Capilla Sixtina de Roma.

Andrea Mantegna (1431-1506)

De orígenes modestos (su padre era carpintero), Mantenga tuvo la oportunidad de formarse en Padua en los mismos años en que se encontraban en la ciudad maestros toscanos de la talla de Donatello y Paolo Uccello. El artista demostró un talento precoz así como notable interés por la perspectiva. Su carrera avanzó rápidamente. En 1460 se trasladó a Mantua para asumir el cargo de pintor de la corte, después de ese momento y hasta su muerte, vivió y trabajó en la ciudad de los Gonzaga, sin contar un viaje de estudios que realizará Roma en 1489.

Entre los logros de Mantenga se destaca el mérito de haber impuesto un radical cambio en el gusto del arte de la corte, que paso del gótico tardío novelezco y decorativo al humanismo arqueológico de la perspectiva.

A pesar de sus vínculos con Giovanni Bellini y más tarde con Leonardo Da Vinci, nunca adoptó las técnicas del color tonal y el sfumato, siempre optó por la precisión visual.